Este verano hicimos nuestra primera escapada larga en familia. Cargamos el coche hasta arriba —maletas, carrito y todo lo que implica viajar con un bebé— y nos lanzamos a la carretera rumbo a Andalucía, al pueblo de donde eran los abuelos de Rubén. Para no hacer el viaje del tirón, decidimos bajar poco a poco: la primera parada fue en un pequeño pueblo de Alacant, en casa de unos amigos; luego seguimos hacia La Mancha, donde nos esperaban unos días en Belmonte y una visita fugaz a Santa Cruz de Mudela, en Ciudad Real, para visitar a más familiares de Rubén.
En Belmonte nos alojamos en El Bálsamo, un pequeño alojamiento rural que fue nuestra base durante tres días y desde el cual salimos a recorrer algunos de los paisajes más icónicos de Castilla-La Mancha: sus molinos de viento. Torres blancas con aspas negras que se levantan en lo alto de cerros y colinas, inmortalizados por Miguel de Cervantes en Don Quijote de la Mancha en esa famosa escena en la que el hidalgo los confunde con gigantes y se han convertido ya en un símbolo de la región y excusa perfecta para lanzarse a la carretera.
La Ruta de Don Quijote atraviesa algunos de estos pueblos, un recorrido literario y cultural que tenemos pendiente completar en otro viaje. Esta vez nos centramos en conocer los conjuntos de molinos más importantes de La Mancha.
Molinos de Belmonte
En Belmonte hay tres molinos de piedra, aunque solo uno se conserva completo. Es una lástima, porque están en un paraje privilegiado, muy cerca del pueblo y accesibles a pie. Desde allí, de un lado se ve el perfil del pueblo con su castillo en lo alto, y del otro se abre la llanura manchega interminable. Fue uno de los lugares que más nos gustó para ver el atardecer.
Si vas a visitar Belmonte no puede faltar el castillo de Belmonte, una fortaleza medieval perfectamente conservada en la que podrás recorrer sus murallas, salas y torres. Puedes comprar tu entrada online aquí.


Campo de Criptana
Probablemente unos de los molinos más famosos de toda La Mancha. Aquí se conservan diez, tres de ellos originales del siglo XVI, lo que permite entender cómo funcionaban en su época. Pasear entre ellos es como entrar en el imaginario quijotesco.
Además de los molinos, merece la pena acercarse al Pósito Real, un edificio histórico del siglo XVI (ampliado en el XVIII) que funcionó como banco agrícola para apoyar a los campesinos en épocas de carestía. Hoy es el Museo Municipal, con exposiciones sobre la historia y la cultura local. Su portada plateresca, los gruesos pilares y la estructura de madera de la cubierta son testimonio de su relevancia.
Otro lugar para no perderse es el Barrio del Albaicín, un conjunto de calles estrechas y empinadas que forman un pequeño laberinto blanco a los pies de la Sierra de los Molinos.
Y si buscas dónde comer, el Restaurante Las Musas es una gran opción: en verano, su rooftop al atardecer es el plan perfecto.


Si quieres conocer los molinos más emblemáticos de La Mancha con todo detalle puedes unirte a una visita guiada por Campo de Criptana con entrada a un molino o elegir un tour privado por Campo de Criptana para disfrutar de la experiencia de forma más personalizada.
Mota del Cuervo
Conocida como el “balcón de La Mancha”, en su cerro se levantan siete molinos que dominan la llanura. Algunos funcionan como centros de interpretación que explican el oficio del molinero. Nosotros llegamos a la hora dorada y vimos otro atardecer espectacular, aunque aquí había más gente que en Belmonte.


Alcázar de San Juan
En el Cerro de San Antón se encuentran cuatro molinos bien conservados, visibles desde la distancia y muy accesibles. En el centro del pueblo, la Plaza de España reúne el ayuntamiento y una estatua de Don Quijote y Sancho Panza. Comimos en el restaurante La Viña E., justo en la plaza, y salimos encantados.

Puerto Lápice
Un pequeño pueblo con un gran aire cervantino. Aquí, además de los molinos en la sierra cercana, destaca la Plaza de la Constitución, una plaza manchega de dos alturas de soportales de madera pintados de almagre. Almorzamos en el Bar La Noria, probando un queso frito, unas gachas y ensaladilla: buena comida manchega.
Puerto Lápice tiene su origen en las ventas del camino: en el siglo XVI no existía como tal, solo eran casas levantadas junto a la ruta para dar hospedaje al viajero y a sus caballerías. Tanto es así que hasta 1774, cuando Carlos III le otorgó el título de villa, se llamaba “Ventas de Puerto Lápice”.
Las ventas manchegas eran construcciones típicas con un patio central rodeado de soportales, establos, mesón y habitaciones. Hoy todavía se puede visitar la Venta del Quijote, restaurante y posada que recrea aquella tradición, evocando al personaje cervantino.


Consuegra
Pocas estampas superan la de los doce molinos alineados en el Cerro Calderico, junto al castillo de Consuegra. Desde arriba, la vista de la llanura manchega es imponente.
El castillo de Consuegra merece también una visita. Su acceso comienza en el “centinela”, un espacio abierto que da paso a la fortaleza. La puerta está flanqueada por dos estructuras cúbicas y, sobre ellas, el escudo del Prior de la Orden Militar de Jerusalén, responsables de su defensa medieval. Dentro se conserva un aljibe con bóveda de cañón, la mazmorra, la sala de archivos, la sala capitular, la ermita y la torre albarrana de origen árabe.
Su historia es larga: probablemente empezó como torre de vigilancia en época califal; fue conquistado por Alfonso VIII en el siglo XII, cedido a la Orden Militar de Jerusalén, ocupado por tropas napoleónicas en el XIX y finalmente restaurado a partir de los años 60 por la escuela-taller de Consuegra, que sigue trabajando en su rehabilitación.
Si estás en Madrid y tienes poco tiempo para una escapada puedes reservar una excursión organizada para ver de cerca los molinos de La Mancha y olvidarte de la logística con guía y transporte incluidos, tienes la opción de Toledo y Consuegra en un día y también la excursión directa a Consuegra según te encaje mejor en tu viaje.


Recorrer los molinos de viento en La Mancha es viajar por un paisaje que mezcla historia, tradición y literatura. Nosotros lo vivimos como un viaje familiar, entre pueblos tranquilos, buena comida y atardeceres de esos que lo tiñen el cielo de naranja. Los gigantes de Cervantes siguen ahí, recordándonos que, a veces, lo cotidiano se convierte en eterno.
Nosotros volveremos: aún nos queda pendiente completar la Ruta de Don Quijote, pero este primer contacto con los molinos manchegos nos dejó con ganas de más.
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