València fue una de esas paradas que surgen sobre la marcha. Volvíamos de Andalucía rumbo a Barcelona, con el coche cargado, el cansancio de los días de viaje acumulado y un bebé de casi 5 meses que marcaba su propio ritmo. No era un destino planeado, sino otra escala técnica para descansar una noche antes de continuar la ruta de regreso a casa. El día anterior habíamos hecho una parada en Almagro, uno de esos pueblos que parecen detenidos en el tiempo, y desde allí pusimos rumbo al Mediterráneo.
Bastó una tarde y una mañana caminando por su casco antiguo para darnos cuenta de que habíamos llegado a una ciudad con alma. Era finales de agosto y el verano seguía en el aire. El sol caía fuerte sobre las calles del centro, llenas de terrazas, turistas y vecinos que buscaban la sombra de las plazas. En dos días no se puede conocer València a fondo, pero sí hacerse una buena idea de la ciudad: plazas que invitan a quedarse, edificios que cuentan siglos de historia y el inconfundible aroma de la horchata recién hecha.


Día 1: Un paseo por el corazón histórico de València
Llegamos al mediodía, hicimos el check-in en el Blanq Carmen Hotel y salimos directos a buscar algo para comer. El hotel está a un paso del casco antiguo, así que no tuvimos que mover el coche ni preocuparnos por el tráfico: todo lo hicimos caminando.
Torre de los Serranos y alrededores
Empezamos el recorrido en la Torre de los Serranos, una de las puertas medievales mejor conservadas de la antigua muralla. Desde allí bajamos por la carrer dels Serrans hasta la Plaza de Manises, donde se alzan el Palau de la Batlia, el Palau Marqués de Scala y el Palau de la Generalitat Valenciana. Este último es una joya del gótico valenciano, iniciada en 1421, con detalles firmados por Pere Compte, el mismo arquitecto de la Lonja de la Seda.
Plaza de la Mare de Déu y la Catedral
En pocos segundos alcanzamos la Plaça de la Mare de Déu, donde se encuentra la Basílica de la Mare de Déu dels Desemparats, patrona de la ciudad. Justo al lado, la Catedral de València impresiona con su mezcla de estilos: románico, gótico y barroco, todos conviviendo en armonía. No pudimos subir al Micalet, pero es algo que nos queda pendiente. Desde este campanario se alcanzan a ver una de las mejores vistas del centro.



Plaza de la Reina y merienda en Santa Catalina
Seguimos hacia la Plaza de la Reina, una de las más vivas de València, llena de terrazas y locales. A unos pasos, la Horchatería Santa Catalina nos esperaba con su fachada de azulejos y más de dos siglos de historia. Entrar es como hacer un viaje en el tiempo: las paredes de cerámica, las mesas antiguas y, por supuesto, la horchata con fartons, que sabe a tradición y verano.
Terminamos el día paseando por la Plaza Redonda, con sus pequeñas tiendas de artesanía, y curioseando frente a la finca más estrecha de Europa, un detalle urbano curioso que pone el broche a nuestro primer día en Valencia.




Si dispones de más tiempo, puedes unirte a este free tour por el centro histórico de València o este otro sobre la ciudad modernista. Otra opción es recorrer la ciudad a bordo del autobús turístico.
Día 2: Mercado, arquitectura y callejones con historia
Mercado Central de València
El segundo día lo empezamos con uno de nuestros rituales de viaje: visitar el mercado local. El Mercado Central es mucho más que un lugar para hacer la compra. Es un icono del modernismo valenciano, inaugurado en 1928, con sus vidrieras de colores, cúpulas de hierro y azulejos que narran escenas rurales. Entre el bullicio de los puestos y el aroma de café de Retrogusto Coffeemates, uno entiende por qué sigue siendo el corazón de la vida cotidiana valenciana.






Lonja de la Seda
Justo enfrente, la Lonja de la Seda recuerda la época dorada del comercio en la ciudad. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es uno de los mejores ejemplos del gótico civil europeo. Su sala principal, con columnas helicoidales, es sencillamente espectacular.
Iglesia de San Nicolás y Portal de Valldigna
De allí caminamos hasta la Iglesia de San Nicolás de Bari y San Pedro Mártir, más conocida como la Capilla Sixtina Valenciana. El interior está cubierto por frescos que parecen flotar sobre las bóvedas, y aunque por fuera pasa casi desapercibida, dentro deja sin palabras.
Antes de volver al hotel, hicimos una última parada en el Portal de Valldigna, un arco del siglo XV que marcaba el límite entre la ciudad cristiana y el barrio árabe.
Dónde alojarse en València
Nos quedamos en el Blanq Carmen Hotel, muy bien ubicado, moderno y cómodo, perfecto para una estancia corta. Tener el casco antiguo a unos pasos fue clave para aprovechar el tiempo sin complicaciones.
Consejos finales
València se recorre fácil, incluso con carrito. Las calles del centro son planas y la mayoría de los lugares de interés están muy cerca unos de otros. Para una próxima visita, nos quedan pendientes la Ciudad de las Artes y las Ciencias y La Albufera. En dos días apenas se rasca la superficie, pero eso también tiene su encanto. València nos dejó con ganas de más, y con la promesa —ahora sí planificada— de volver con tiempo para conocerla mejor.



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