Después de una breve parada en Chañaral para abastecernos de agua y comida, seguimos nuestro camino hacia el Parque Nacional Pan de Azúcar. Este rincón remoto y natural nos llamó la atención desde el primer momento que leímos sobre él: un paisaje donde el desierto se encuentra con el Pacífico. Tras días de inmensidades andinas y lagunas altiplánicas, este era un buen plan para descansar.
Llegamos por la tarde, y tras registrarnos en la oficina de guardaparques y pagar la entrada de $10.000 pesos chilenos, nos dirigimos a nuestra cabaña en Pan de Azúcar Lodge. Nada de lujos, solo lo justo y necesario, pero con una vista a primera línea del océano. Justo cuando el sol comenzaba a esconderse, nos sentamos en la pequeña terraza. Ese primer atardecer nos confirma que el lugar vale cada kilómetro recorrido para llegar hasta aquí.

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Sendero El Mirador y la camanchaca que da tregua
Al día siguiente, después de un fuerte desayuno, nos pusimos en marcha hacia el sendero de El Mirador. Este recorrido de 5 kilómetros y nada exigente, perfecto para empezar el día, nos regala unas vistas espectaculares. Apenas comenzamos, la famosa camanchaca –esa niebla costera que cubre los paisajes de la zona y que permite la subsistencia de una veintena de especies distintas de cactáceas, muchas de ellas endémicas– apareció, creando un ambiente casi onírico. Pero como si el parque nos diera la bienvenida, la niebla se despejó justo en el momento que llegamos al mirador, revelando una vista única hacia La Caleta y la Isla Pan de Azúcar por unos instantes.
Después de la caminata, con el corazón lleno pero con el estómago ya bien vacío, nos dirigimos hacia La Caleta para comer en el Restaurante Pie Grande. Pedimos un ceviche de dorada y unos locos al plato, ese molusco típico chileno, servido con patatas fritas naturales, ¡mis preferidas!
La tarde la pasamos caminando por la playa, corriendo detrás de cada ave que veíamos para fotografiarla y aprovechando nuestra amada terraza.





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La Isla Pan de Azúcar
El segundo día teníamos planeado conocer la parte marítima del parque con un recorrido en bote hacia la Isla Pan de Azúcar, hogar de una colonia de pingüinos de Humboldt, una especie en peligro de extinción que encuentra refugio en este oasis desértico. Lamentablemente, el mar no estaba en condiciones para salir a navegar, así que tuvimos que dejar esta aventura pendiente para otra ocasión. Sin embargo, si visitas el parque nacional, esta es una buen opción para observar a los pingüinos moverse torpemente en su habitat natural.
Con el cambio de planes, aprovechamos para seguir explorando a pie las formaciones rocosas y los cactus gigantes que salpican el paisaje. La jornada terminó temprano, con nosotros sentados nuevamente en la terraza de la cabaña, arrullados por el sonido constante de las olas.






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Despedida en el desierto
Nuestro último día en el Parque Nacional Pan de Azúcar llegó, y con él la oportunidad de reflexionar sobre este rincón que combina las dos caras del desierto: desolado, sí, pero rebosante de vida; inhóspito, pero sorprendentemente acogedor.
Nos subimos al coche para tomar la Ruta 5 rumbo al norte, pero antes de abandonar el parque hicimos una última parada en Aguada Quinchihue. Este pequeño oasis dentro del desierto es un recordatorio más de cómo la vida se abre paso incluso en los lugares más áridos.
Tras unos pocos kilómetros, no solo dejamos atrás el Parque Nacional Pan de Azúcar, sino que también despedimos la Región de Atacama para adentrarnos en Antofagasta. Por delante nos esperan jornadas de largos recorridos, con rectas interminables que se pierden en el horizonte desértico, en dirección a San Pedro de Atacama, nuestro próximo destino.
Pero no tenemos prisa. Aprovecharemos cada tramo de esta travesía para descubrir algunos de los rincones más interesantes de la geografía e historia chilena. ¿Te animas a seguir acompañándonos en esta aventura?


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