Los Cholets: un vistazo a la arquitectura aymara

Después de cuatro días explorando La Paz, nos quedaba una asignatura pendiente antes de continuar nuestro viaje: regresar a El Alto para descubrir de cerca la arquitectura más peculiar y colorida de Bolivia, los cholets.

Siendo nuestro último día en la ciudad y con poco margen para improvisar, decidimos llevar con nosotros todo el equipaje y organizar un plan a medida. Tras investigar opciones, contratamos el tour privado Kori VIP con Turismo El Alto, quiénes nos ofrecían la flexibilidad de adaptar el recorrido a nuestros tiempos y la posibilidad de disfrutar la experiencia a nuestro ritmo.

Turismo El Alto tiene como misión fomentar un turismo sostenible, promoviendo comunidades y destinos con gran potencial cultural. Su enfoque en la valorización del patrimonio turístico, combinado con la creación de experiencias únicas, nos pareció la opción perfecta para cerrar nuestra etapa en La Paz con broche de oro.

Cholet en El Alto, Bolivia

Los Cholets y Freddy Mamani

En medio del paisaje de ladrillos expuestos y construcciones sin terminar que caracteriza El Alto, emergen los cholets, edificios que parecen desafiar la monotonía con su explosión de colores y formas. Estas estructuras, cuyo nombre combina las palabras “chalet” y “cholo”, representan un nuevo lenguaje arquitectónico que celebra la identidad aymara en un contexto de prosperidad y orgullo cultural.

Los cholets son mucho más que edificios llamativos; son una manifestación de la transformación social y económica de El Alto, una ciudad que ha pasado de ser un suburbio de La Paz a convertirse en una de las ciudades más altas del mundo y símbolo del crecimiento de la burguesía indígena.

Para ser considerado un cholet, estas construcciones deben tener múltiples niveles, con espacios diseñados para diferentes propósitos. En la planta baja, se ubican locales comerciales que aportan una conexión con la actividad económica local. El segundo nivel, sin embargo, es el verdadero corazón del edificio: grandes salones de eventos de doble altura, decorados con columnas talladas, luces que parecen constelaciones y techos adornados con intrincados patrones. En estos espacios, se celebran bodas, fiestas y otros eventos comunitarios, un recordatorio de la importancia de la colectividad en la cultura aymara.

Los pisos superiores suelen destinarse a apartamentos en alquiler, mientras que la cima alberga la vivienda del propietario, diseñada como un dúplex. Este diseño no solo es práctico, sino que también encierra un simbolismo cultural: la altura del edificio conecta al propietario con el Alaqpacha, el “mundo superior”, por encima del Akapacha, el “mundo terreno”.

Más allá de su funcionalidad, los cholets son un escaparate de formas geométricas, colores vibrantes y patrones que evocan textiles y cerámicas andinas, donde cada detalle refleja la identidad cultural de sus dueños y de la comunidad aymara, desafiando las normas tradicionales de la arquitectura urbana para crear algo único y profundamente significativo.

Regresando a sus orígenes, todo empezó hace unos veinte años en El Alto cuando Freddy Mamani, arquitecto e ingeniero alteño, inicia este movimiento arquitectónico.  Desde 2004, ha diseñado más de un centenar de cholets que se pueden encontrar principalmente en El Alto, aunque también ha llevado su estilo a lugares como Puno y Juliaca, en Perú, y hasta París, donde colaboró con la Fundación Cartier.

Como hemos dicho anteriormente, Mamani se inspira en los colores y patrones de las culturas andinas, que combina con un sentido de modernidad y lujo. Más allá de su trabajo arquitectónico, es un conferencista internacional que ha llevado su visión a los cinco continentes, promoviendo el valor de la identidad cultural a través del diseño.

Cholet en El Alto, Bolivia
Cholet en El Alto, Bolivia

El recorrido

Nuestro día comenzó temprano con el equipo de Turismo El Alto. Nos recogieron puntualmente en nuestro alojamiento y cargados con todo nuestro equipaje empezamos a subir empinadas calles dirección a El Alto. La primera parada fue el Mirador Tejada Alpacoma, donde disfrutamos de una vista panorámica de La Paz y El Alto mientras nuestra guía nos daba una pequeña introducción de lo que estábamos por ver.

Desde allí, nos adentramos en la ciudad para conocer de cerca siete cholets por fuera y explorar dos de ellos por dentro. Cada edificio tiene su propia personalidad, pero todos comparten una exuberancia que hipnotiza. Escaleras helicoidales, techos decorados con luces que parecen constelaciones, y salones de baile con detalles únicos nos dejaron sin palabras. De verdad que se nos puso la piel de gallina cuando entramos en el primer salón de fiestas.

También visitamos el Condominio Wiphala, un imponente complejo residencial con viviendas sociales que ha sido intervenido con 14 murales de arte urbano del artista Mamani Mamani. En ellos se pueden observar diferentes elementos tradicionales de la cultura andina.

Por último recorrimos la Calle de las Cholitas, un lugar donde la vida cotidiana donde se encuentran muchas tiendas para comprar cualquier elemento para sus trajes, desde sombreros hasta zapatos.

El tour culminó en el Amta Café Cultural, donde pudimos comer algo antes de que nos dejaran en la terminal de autobuses para dirigirnos hacia Copacabana.

Cholet en El Alto, Bolivia
Cholet en El Alto, Bolivia
Interior de un cholet en El Alto, Bolivia
Pintura de Mamani Mamani en el interior de un cholet en El Alto
Interior de un cholet en El Alto, Bolivia
Cholets en El Alto, Bolivia
Condominio Wiphala en El Alto
Condominio Wiphala en El Alto
Calle de las Cholitas, en El Alto, durante un tour de cholets
Calle de las cholitas, El Alto

Ponemos rumbo a Copacabana

Viajar sobre la marcha tiene su encanto, pero también sus imprevistos. Hasta ahora, nuestra estrategia había sido sencilla: acercarnos a la terminal, comprar un boleto y partir hacia nuestro siguiente destino, siempre atentos a las horas de trayecto para evitar viajar de noche.

Esta vez, sin embargo, no todo fue tan sencillo. Al llegar a la terminal de buses de La Paz al mediodía, nos informaron que los autobuses hacia Copacabana solo salen por la mañana. Por suerte, nos dieron una alternativa: junto al cementerio salen más autobuses y furgonetas, sin horarios, a medida que se llenan. Sin más opciones, tomamos un taxi hasta el lugar.

Al llegar, encontramos una furgoneta con dos pasajeros. Con nosotros ya éramos cuatro, y solo faltaban unos pocos para completar el grupo. Nos acomodamos y nos preparamos para esperar. Tras casi una hora, con todos a bordo, partimos hacia Copacabana, cruzando los dedos para que el trayecto sea tranquilo y lleguemos con el tiempo esperado.

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